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martes, 29 de agosto de 2017

Lírico puro de Willy Gómez Migliaro: Poesía esencial, por David Antonio Abanto Aragón

Al decir lo que dicen
los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen.
Somos nombres del tiempo.
Octavio Paz

En tiempos en el que el horror y la muerte, el silencio y la indiferencia van de la mano, articular lo que se queda en la garganta o en la carne es cada vez más difícil en singular. Nunca como en estos tiempos ha sido tan relevante recordar las raíces plurales de la poesía. Lúcido e intenso, incandescente y enigmático Lirico puro (Hipocampo editores, 2017), el nuevo poemario de Willy Gómez Migliaro (Lima, 1968) nos lo viene a demostrar con vigor.
Y en su caso, un poemario nuevo lo es en todo el sentido de la palabra, porque Willy Gómez explora posibilidades diversas en cada uno de sus libros, pasando de la textura abigarradamente metafórica a la experimentación de Lírico puro, donde el caudaloso verso del poeta se siente transfigurado por un ¡Eureka! que le hace desentrañar la experiencia primordial que armoniza la escritura, la creación poética y la vida.
Asistimos a una síntesis expresada en composiciones esenciales en rotación permanente, como ocurre con las imágenes capturadas por «una cámara de video en movimiento» señala Nivardo Córdova Salinas y a través de cuyas imágenes «el lector hace el poema, lo termina, construye su objeto poético» dice César Pineda Quilca.
Lirico puro se ofrece como un drama compuesto de soliloquios y aproximaciones: a la vez delirante y ascético, el yo poético entrega fragmentos de su experiencia y el misterio de la poesía.
El título juega con dos imágenes del poeta como creador. La imagen del poeta como un «lírico puro», vigente en posiciones esteticistas que reivindican una discutible «poesía pura» afín a una idea simplificada de la mística y, por cierto, de cierta lírica amorosa de estirpe romántica: un poeta «puro». La imagen del poeta como el artífice verbal, explorador de los abismos y los enigmas (ricos en conexiones religiosas, filosóficas y psicológicas) del ser humano inmerso en el «mundanal ruido» de la sociedad: un poeta «comprometido».
Vinculado a esto el título nos remite a la idea de una creación «pura» opuesta a la llamada creación «comprometida» (adjetivos que remiten a calificaciones muy empleadas en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado para distinguir dos tipos de poesía).
 Sin embargo, estas imágenes, que invitan a la dicotomía que distancia el vuelo sublimado «desencarnante» de la inmersión implicada con la realidad, caen destrozadas en la sólida propuesta poética de despliega Lírico puro. Sus composiciones están nutridas de belleza y experiencia social a la vez. Nos muestran que lo esencial de la poesía se encuentra en la vida misma de las palabras, y es en esa profundidad de la palabra donde hay que encontrar la acción de la poesía y, a partir de ahí, comprender su importancia. Entender y sentir que la poesía es el fundamento de la vida en sociedad.
Cómo separar lo «puro» y lo «social», en una poética expresada en composiciones que escarnecen la burocracia y la alienación. Como ha explicado Javier Ágreda, la poesía de Willy Gómez Migliaro «une la experimentación verbal con la reflexión sobre temas trascendentes; una combinación que asegura la calidad de los textos, pero que también les da un cierto hermetismo».
Su poesía, añadimos, cree en la palabra —bella o fracturada— como acción. Se aproxima de un modo no escéptico al lenguaje. Es arma cargada de futuro y en cada representación de la realidad alguien toma partido. Cuando vacila, teme, sospecha. También cuando legítimamente afirma.
Sus composiciones tienen un ademán vertiginoso que lleva implícitos el impulso moral y la imperfección que engrandecen las artes. Es una exploración profunda a modo de una aventura transfiguradora y no de mero alarde ingenioso o adorno rítmico-metafórico.
Todos sus elementos contribuyen a la nostalgia de nuestra disolución porque esa mirada del poeta, solo a través de la cual el caos nos es comprensible como un elemento del orden ficticio que nos permite entendernos de cierta manera con la realidad, sabe mirar más hondo que nuestros ojos y sabe descubrir en nuestra posibilidad de aniquilación la trampa de la realidad, la certeza del todo y de la nada.
Y es que como ha señalado el poeta en una entrevista hecha por Katherine Medina: «La poesía es otra manera de pensar la vida. Los que escribimos poemas sabemos que apenas nos alcanza el lenguaje. Nuestros balbuceos no sirven para nada. Sin embargo, nuestros cantos son siempre de vida y esperanza».
El poeta es un hombre y más que uno a la vez: una multitud de voces acalladas, de deseos sepultados por la chatura oprimente de las convenciones sociales, que pugna por liberar las pulsiones nocturnas, por hundirse en el goce del exceso o la locura. Y cuando la disolución parece inevitable, acuden las fuerzas apolíneas, el temple, la firme serenidad para no apartarse del surco esperanzado de la vida.
Javier Ágreda subraya que «En estos nuevos poemas esos grandes temas siguen estando presentes, pero solo como trasfondo, pues los versos giran más en torno a la experiencia cotidiana y la memoria personal». De algún modo, Lirico puro es un viaje de la memoria.
Pineda Quilca ha señalado, por su parte, que en las composiciones de Lírico puro «vemos cómo se construyen y devalúan los objetos, en la palabra, para instaurar una nueva lectura, una nueva búsqueda de sentido para integrar quizás el alma a las cosas» y añade que «La escritura de Lírico puro se impone como una respuesta a la imposición del sentido, de la razón y de una dictadura estética», con la presencia de «una impronta surrealista, de poesía fragmentaria, de discurso disgregado posmoderno».
Por nuestra parte queremos apuntar que más que la entrega al flujo poético de la escritura automática del surrealismo (que permitiría percibir Lirico puro quizás «como un solo poema largo»), se nutre de la efusión de la experiencia beatnik, expresada con recursos expresivos que se acercan más al collage textual de la poesía de lengua inglesa, que a la incandescencia de la imaginación surrealista.
En las composiciones en rotación de Lírico puro se intuye una poesía de dos tonos que se interrelacionan e integran permanentemente. Por un lado, el tono confesional, que rezuma a menudo la desazón por los sueños que quedaron en promesas incumplidas, la angustia ante el futuro incierto, el dolor de la insatisfacción, pero también, por otro lado, una poesía de tono expresionista que Córdova Salinas caracteriza como «una poesía que confronta, que desenmascara, que revela el lado oscuro del mal llamado milagro peruano, donde por ejemplo la informalidad, la explotación laboral, la industria de la falsificación y el crimen organizado a veces visten de saco y corbata, donde incluso la alienación se desborda y la violencia social impera en todas sus formas».
Lirico puro despliega esa transformación de la subjetividad que trasciende la rutina cotidiana, pero no la experiencia de lo real. De hecho, en la encrucijada de lo interno y lo exterior, en la brega por establecer el propio ser y estar en el mundo, es que se halla el centro de gravedad del poemario.
Y sin duda, esa transformación supone el proceso dinámico de una conciencia que, con insistente rigor, encara al mundo y se examina a sí misma a través de «fragmentos de nuestras vidas superpuestas sobre /lo real de su espejo de nuevo».
El estremecimiento esencial privilegiado de la poesía recorre sus composiciones, presto siempre a desencadenar tempestades de belleza que arrasan las pautas acostumbradas de la lógica, la moral, la gramática y el lenguaje poético dócil frente a los cómodos modos de la corrección, la armonía domesticada y el buen gusto domesticado.
El poeta también está rehaciendo su voz expresada en libros anteriores fusionando la recreación de experiencias con la escritura de poemas, a los cuales luego interpreta, lector de sí mismo (el epígrafe que abre el poemario pertenece a Raymundo Nóvak creatura-eje de su poemario La breve eternidad de Raymundo Nóvak) y de la resonancia de obras ajenas en su impulso creador.
La de Lírico puro es, así, una poesía del re-conocimiento: no se orienta hacia un trasmundo metafísico o utópico, sino que redescubre esa otra realidad en la realidad en la cual se respira, se siente, se piensa, se sueña y se muere. Como otros grandes poetas como Martín Adán, Juan Ojeda, Enrique Verástegui, Miguel Ildefonso, o como César Vallejo en Trilce, Gómez Migliaro escribe de (y desde) la descarnada conciencia de un misterio: el de la existencia física, carnal. «el yo se divide uno entre /lo natural y lo obligado del ojo que suma /inclinaciones sin fondo el plano o /de nuevo bosque mental y detalle de los/que quedan desgarrados ante la unidad», declara la voz poética en Lirico puro.
Radical y visceral, la experiencia de hallarse en el mundo es la que alimenta a la imaginación verbal de Lírico puro. La conjetura de la voz lírica señala una forma de entender el ejercicio y el sentido de la poesía. En efecto, la voz del poeta no busca la proliferación y el exceso, sino la esencia, la concentración y el despojamiento.
Para el poeta vivir y crear significan experimentar en una dimensión más honda --y sabia-- al recordar, «reciclar», captando la presencia esencial de lo ausente, el mensaje del silencio y la aceptación de una existencia vivida a plenitud. Todo ello esta vez alcanza su fruto en los poemas cincelados y concisos, siempre al borde de un silencio que no implica fracaso expresivo ni incomunicación, sino depuración vital más allá de las palabras. Así, en las odiseas de saber decir es también esencial aprender a no decir de más.
Independencia, julio-agosto de 2017


Referencias
ÁGREDA, Javier. Lírico puro de Willy Gómez. Reseña publicada en la revista virtual El Montonero. Disponible en: http://elmontonero.pe/columnas/lirico-puro
CÓRDOVA SALINAS, Nivardo. «Willy Gómez Migliaro: “Soy un sobreviviente”».
MEDINA, Katherine. «“La poesía es otra manera de pensar la vida”» Entrevista con Willy Gómez Migliaro publicada en Agenda CIX el 9 de abril de 2017.
PINEDA QUILCA, César. Lírico puro. Palabras de presentación del libro leídas el viernes 21 de julio de 2017 en la Anti-FIL. En la mesa de presentación estuvieron también Franco Osorio-Antúnez de Mayolo Paredes y Teófilo Gutiérrez, editor del libro.

sábado, 19 de agosto de 2017

CINCO POEMAS DE MAGDALENA CHOCANO



V

Oscuramente
                        como hago aquello que me alcanza y me supera
asearé uno a uno mis objetos

Un rayo de sol puede atravesar las cortinas cerradas/
un paseo de antorchas puede colmar el patio de penumbra. . .

Un líquido negro reposa en un frasco
acecha a la mano distraída que al abrirlo librará
los poderes dormidos
Los nombres de las cosas se labran se relievan
no lo digo por los altivos enseres que me cercan
(qué indócil el tacto sobre ellos/
la temprana tragedia de la mano)
lo digo por un sonido que no llega

Un cuerpo se forma a pausa plena
modelando su sombra en esta lumbre
y la acción es difícil cuando existe
un instrumento solo



XIII

De pronto soy la peor voz
la más agraz
la condenable
que acomete el muro de las lamentaciones

Se quisiera escuchar un canto/ una oración
antes que el ininteligible tumulto lapidario
que asuela superficies

El muro ignora si me lamento
                           si me maldigo
                           si impreco o lloro
pero teme a mi bronco soliloquio
como a un juramento de demolición



XXII

HEGEMONÍA

Ululas
el roce veloz de tu falda en hoscos sueños de acoso
un imperio de violencia se desborda sobre tardos enseres
Ni aun sujetando tus manos temblorosas de furia
doblegaré el miedo en mi corazón
de cada añico de mi espejo
tu imagen cencida reflorece
donde eres más fuerte eres más vulnerable
jamás hubo dominio
no lo habrá
                        si la euforia es tanta
                                                           si está
                                                                       si nos habita

Yo soy la Distancia
y permanezco en las afueras
esperando la paulatina calma
Desde aquí vislumbro tu rojizo cabello
que se esparce en los cielos
la luz no lo conmueve
                                   Pasa el tiempo
Bendito el Artilugio de tu veste escarlata
                                                                       oh reina
a orillas de los ríos lavas tu traje
la sangre se diluye
humedeces tus sienes pálidas
tu tersa nuca

Nunca hubo herida
era sólo el rosado sol del orto
relampagueando en las aguas
no habrá resquemor
sólo un canto impenetrable y lúcido
conmueve la anchura de la tierra

Te yergues
la asesina
la serena hacedora de los días
la inefable
sólo yo yazgo desangrándome
mientras la noche me devora los ojos
y agoniza



17

seamos otra vez
la adolescente
que desnuda sus ambiguas caderas sobre un charco
oh planetas opacos como muertos
miradme
soy yo posando los pies en el vacío feliz al tararear
esta canción:
prométeme que nunca serás padre
vuelo a alta velocidad sobre la zona
no puedo controlar estos imperios de hojalata,
de cobre, de oro, de aluminio,
cuatro eras del mundo sin misterio,
prométeme que nunca serás madre
homúnculos de todas las edades es hora de callar,
callad entonces,
oíd el gozne de la puerta que se abre a su paso
–stella maris
Oh chirriar oxidado de sales
Oh chirrido, luminaria nocturna
En los tímpanos indemnes del que sueña

De bruces sobre la carretera
Seamos otra vez la que fulgura
Como un puente doblado sobre un río
¿por qué es tan terrible danza a cierta hora?
Me he detenido Sonámbulo
Palpando las paredes de la casa
Es un bloque de luz bajo mis dedos
Es necesario―
Sólo yo estoy de más en la atmósfera
⁄mi nombre no ha sido pronunciado ⁄
Estrella de la muerte–
¿oyes que bien suena la palabra lodo–lodo–
Es peligroso danzar en esta hora
        Pero
             Otra vez
                 Otra vez
Con los pies desnudos en el cieno
Seamos
Otra vez
El que desplaza
Su angosta maquinaria
Como un cerco
⁄llueve en mi piel
Y llueve mucho
Las ramas de los árboles destellan
Un rastrillo se mueve sobre el césped
Siniestro es el empuje de tu sombra⁄
Espectros oh espectros decid
¿qué es lo bello, lo santo, lo perfecto?
–pregunta que me ha llevado a la ruptura–
opípara es la sed que nos aguarda:
seamos otra vez la que digrede



40

Conjuro del deshauciado…

Conjúrote puerta umbral
Para que guardes el divino nombre oculto impronunciado
Númen ácrata sol negro secta dañada
Yo os conjuro con mi voz más luminosa
Para que el metal no toque mis falanges
[el oro es hierro y el hierro mata–]
Jamba perfecta sé firme duradera
Líbrame de mis amigos
Y del sol blanco y paranoide
Que celestiales horas no me toquen
Goznes resplendentes evitádme
Huidizo muro torre abrumada y viudo nerval
Que yo sobreviva en la membrana intacta de la mente de Dios
Aquella que humano aliento no empaña
Haz que repose en su desemejanza
Ésa
La más sutil la más terca
La que no quiso recrear en su criatura



Magdalena Chocano (Lima, 1957). Libros: Poesía a ciencia incierta (Lima: Safo Ediciones, 1983); Estratagema en claroscuro (Lima: Instituto Nacional de Cultura, 1986); Contra el ensimismamiento: partituras (Barcelona: Ediciones Insólitas, 2005); Otro desenlace (Barcelona: Ver Books; Ediciones Insólitas, 2008); Objetos de distracción (Lima, 2016).

jueves, 17 de agosto de 2017

Dos poemas de José María Arguedas


A NUESTRO PADRE CREADOR TÚPAC AMARU (HIMNO-CANCIÓN)

A Doña Cayetana, mi madre india, que me protegió con sus lágrimas y su ternura, cuando yo era un niño huérfano alojado en una casa hostil y ajena. A los comuneros de los cuatro ayllus de Puquio en quienes sentí por vez primera, la fuerza y la esperanza.

Túpac Amaru, hijo del Dios Serpiente; hecho con la nieve del Salqantay; tu sombra llega al profundo corazón como la sombra del dios montaña, sin cesar y sin límites.

Tus ojos de serpiente dios que brillaban como el cristalino de todas las águilas, pudieron ver el porvenir, pudieron ver lejos. Aquí estoy, fortalecido por tu sangre, no muerto, gritando todavía.

Estoy gritando, soy tu pueblo; tú hiciste de nuevo mi alma; mis lágrimas las hiciste de nuevo; mi herida ordenaste que no se cerrara, que doliera cada vez más. Desde el día en que tú hablaste, desde el tiempo en que luchaste con el acerado y sanguinario español, desde el instante en que le escupiste a la cara; desde cuando tu hirviente sangre se derramó sobre la hirviente tierra, en mi corazón se apagó la paz y la resignación. No hay sino fuego, no hay sino odio de serpiente contra los demonios, nuestros amos.

Está cantando el río,
está llorando la calandria,
está dando vueltas el viento;
día y noche la paja de la estepa vibra;
nuestro río sagrado está bramando;
en las crestas de nuestros Wamanis montañas, en su dientes, la nieve gotea y brilla.
¿En dónde estás desde que te mataron por nosotros?

Padre nuestro, escucha atentamente la voz de nuestros ríos; escucha a los temibles árboles de la gran selva; el canto endemoniado, blanquísimo del mar; escúchalos, padre mío, Serpiente Dios. ¡Estamos vivos; todavía somos! Del movimiento de los ríos y las piedras, de la danza de árboles y montañas, de su movimiento, bebemos sangre poderosa, cada vez más fuerte. ¡Nos estamos levantando, por tu causa, recordando tu nombre y tu muerte!

En los pueblos, con su corazón pequeñito, están llorando los niños.
En las punas, sin ropa, sin sombrero, sin abrigo, casi ciegos,
los hombres están llorando, más triste, más tristemente que los niños.
Bajo la sombra de algún árbol, todavía llora el hombre, Serpiente Dios,
perseguido, como filas de piojos.
más herido que en tu tiempo.
¡Escucha la vibración de mi cuerpo!
Escucha el frío de mi sangre, su temblor helado.
Escucha sobre el árbol de lambras el canto de la paloma abandonada, nunca amada;
el llanto dulce de los no caudalosos ríos, de los manantiales que suavemente brotan al mundo.
¡Somos aún, vivimos!

De tu inmensa herida, de tu dolor que nadie habría podido cerrar, se levanta para nosotros la rabia que hervía en tus venas. Hemos de alzarnos ya, padre, hermano nuestro, mi Dios Serpiente. Ya no le tenemos miedo al rayo de pólvora de los señores, a las balas y la metralla, ya no le tememos tanto. ¡Somos todavía! Voceando tu nombre, como los ríos crecientes y el fuego que devora la paja madura, como las multitudes infinitas de las hormigas selváticas, hemos de lanzarnos, hasta que nuestra tierra sea de veras nuestra tierra y nuestros pueblos nuestros pueblos.

Escucha, padre mío, mi Dios Serpiente, escucha:
las balas están matando,
las ametralladoras están reventando las venas,
los sables de hierro están cortando carne humana;
los caballos, con sus herrajes, con sus locos y pesados cascos, mi cabeza, mi estómago están reventando,
aquí y en todas parte;
sobre el lomo helado de las colinas de Cerro de Pasco,
en las llanuras frías, en los caldeados valles de la costa,
sobre la gran yerba viva, entre los desiertos.

Padrecito mío, Dios Serpiente, tu rostro era como el gran cielo, óyeme: ahora el corazón de los señores es más espantoso, más sucio, inspira más odio. Han corrompido a nuestros propios hermanos, les han volteado el corazón y, con ellos, armados de armas que el propio demonio de los demonios no podría inventar y fabricar, nos matan. ¡Y sin embargo, hay una gran luz en nuestras vidas! ¡Estamos brillando! Hemos bajado a las ciudades de los señores. Desde allí te hablo. Hemos bajado como las interminables filas de hormigas de la gran selva. Aquí estamos, contigo, jefe amado, inolvidable, eterno Amaru.

Nos arrebataron nuestras tierras. Nuestras ovejitas se alimentan con las hojas secas que el viento arrastra, que ni el viento quiere; nuestra única vaca lame agonizando la poca sal de la tierra. Serpiente Dios, padre nuestro: en tu tiempo éramos aún dueños, comuneros. Ahora, como perro que huye de la muerte, corremos hacia los valles calientes. Nos hemos extendido en miles de pueblos ajenos, aves despavoridas.

Escucha, padre mío: desde las quebradas lejanas, desde las pampas frías o quemantes que los falsos wiraqochas nos quitaron, hemos huido y nos hemos extendido por las cuatro regiones del mundo. Hay quienes se aferran a sus tierras amenazadas y pequeñas. Ellos se han quedado arriba, en sus querencias y, como nosotros, tiemblan de ira, piensan, contemplan. Ya no tememos a la muerte. Nuestras vidas son más frías, duelen más que la muerte. Escucha, Serpiente Dios: el azote, la cárcel, el sufrimiento inacabable, la muerte, nos han fortalecido, como a ti, hermano mayor, como a tu cuerpo y tu espíritu. ¿Hasta dónde nos ha de empujar esta nueva vida? La fuerza que la muerte fermenta y cría en el hombre ¿no puede hacer que el hombre revuelva el mundo, que lo sacuda?

Estoy en Lima, en el inmenso pueblo, cabeza de los falsos wiraqochas. En la Pampa de Comas, sobre la arena, con mis lágrimas, con mi fuerza, con mi sangre, cantando, edifiqué una casa. El río de mi pueblo, su sombra, su gran cruz de madera, las yerbas y arbustos que florecen, rodeándolo, están, están palpitando dentro de esa casa; un picaflor dorado juega en el aire, sobre el techo.

Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo. Con nuestro corazón lo alcanzamos, lo penetramos; con nuestro regocijo no extinguido, con la relampagueante alegría del hombre sufriente que tiene el poder de todos los cielos, con nuestros himnos antiguos y nuevos, lo estamos envolviendo. Hemos de lavar algo las culpas por siglos sedimentadas en esta cabeza corrompida de los falsos wiraqochas, con lágrimas, amor o fuego. ¡Con lo que sea! Somos miles de millares, aquí, ahora. Estamos juntos; nos hemos congregado pueblo por pueblo, nombre por nombre, y estamos apretando a esta inmensa ciudad que nos odiaba, que nos despreciaba como a excremento de caballos. Hemos de convertirla en pueblo de hombres que entonen los himnos de las cuatro regiones de nuestro mundo, en ciudad feliz, donde cada hombre trabaje, en inmenso pueblo que no odie y sea limpio, como la nieve de los dioses montañas donde la pestilencia del mal no llega jamás. Así es, así mismo ha de ser, padre mío, así mismo ha de ser, en tu nombre, que cae sobre la vida como una cascada de agua eterna que salta y alumbra todo el espíritu y el camino.

Tranquilo espera,
tranquilo oye,
tranquilo contempla este mundo.
Estoy bien ¡alzándome!
Canto;
bailo la misma danza que danzabas
el mismo canto entono.
Aprendo ya la lengua de Castilla,
entiendo la rueda y la máquina;
con nosotros crece tu nombre;
hijos de wiraqochas te hablan y te escuchan
como al guerrero maestro, fuego puro que enardece, iluminando.
Viene la aurora.
Me cuentan que en otros pueblos
los hombre azotados, los que sufrían, son ahora águilas, cóndores de inmenso y libre vuelo.
Tranquilo espera.
Llegaremos más lejos que cuanto tú quisiste y soñaste.
Odiaremos más que cuanto tú odiaste;
amaremos más de lo que tú amaste, con amor de paloma encantada, de calandria.
Tranquilo espera, con ese odio y con ese amor sin sosiego y sin límites, lo que tú no pudiste lo haremos nosotros.
Al helado lago que duerme, al negro precipicio,
a la mosca azul que ve y anuncia la muerte
a la luna, las estrellas y la tierra,
el suave y poderoso corazón del hombre;
a todo ser viviente y no viviente,
que está en el mundo,
en el que alienta o no alienta la sangre, hombre o paloma, piedra o arena,
haremos que se regocijen, que tengan luz infinita, Amaru, padre mío.
La santa muerte vendrá sola, ya no lanzada con hondas trenzadas ni estallada por el rayo de pólvora.
El mundo será el hombre, el hombre el mundo,
todo a tu medida.

Baja a la tierra, Serpiente Dios, infúndeme tu aliento; pon tus manos sobre la tela imperceptible que cubre el corazón. Dame tu fuerza, padre amado.




LLAMADO A ALGUNOS DOCTORES

A Carlos Cueto Fernandini y Jhon V. Murra

Dicen que ya no sabemos nada, que somos el atraso, que nos han de cambiar la cabeza por otra mejor.
Dicen que nuestro corazón tampoco conviene a los tiempos, que está lleno de temores, de lágrimas, como el de la calandria, como el de un toro grande al que se degüella, que por eso es impertinente.
Dicen que algunos doctores afirman eso de nosotros; doctores que se reproducen en nuestra misma tierra, que aquí engordan o que se vuelven amarillos.
Que estén hablando, pues: que estén cotorreando si eso les gusta.
¿De qué están hechos los sesos? ¿De qué está hecha la carne de mi corazón?
Los ríos corren bramando en la profundidad. El oro y la noche, la pata y la noche temible forman las rocas, las paredes de los abismos en que el río suena; de esa roca están hechos mi mente, mi corazón, mis dedos.
¿Qué hay a la orilla de esos ríos que tú no conoces, doctor?
Saca tu larga vista, tus mejores anteojos. Mira, si puedes.
Quinientos flores de papas distintas crecen en los balcones de los abismos que tus ojos no alcanzan, sobre la tierra en que la noche y el oro, la plata y el día se mezclan. Esas quinientas flores, son mis sesos, mi carne.
¿Por qué se ha detenido un instante el sol, por qué ha desaparecido la sombra en todas partes, doctor?
Pon en marcha tu helicóptero y sube aquí, si puedes. Las plumas de los cóndores, de los pequeños pájaros se han convertido en arco iris y alumbran.
Las cien flores de la quinua que sembré en las cumbres hierven al sol en colores, en flores se han convertido la negra ala del cóndor y de las aves pequeñas.
Es el mediodía; estoy junto a las montañas sagradas; la gran nieve con lampos amarillos, con manchas rojizas, lanzan su luz a los cielos.

En esta fría tierra siembro quinua de cien colores, de cien clases, de semillas poderosas. Los cien colores son también mi alma, mis infatigables ojos.
Yo, aleteando amor, sacaré de tus sesos las piedras idiotas que te han hundido.
El sonido de los precipicios que nadie alcanza, la luz de la nieve rojiza que, espantando, brilla en las cumbres; el jugo feliz de millares de yerbas, de millares de raíces que piensan y saben, derramaré en tu sangre, en la niña de tus ojos.
El latido de miradas de gusanos que guardan tierra y luz; el vocerío de los insectos voladores, te los enseñaré hermano, haré que los entiendas.
Las lágrimas de las aves que cantan, su pecho que acaricia igual que la aurora, haré que las sientas y oigas.
Ninguna máquina difícil hizo lo que sé, lo que del gozar del mundo gozo.
Sobre la tierra, desde la nieve que rompe los huesos hasta el fuego de las quebradas, delante del cielo, con su voluntad y con mis fuerzas hicimos todo eso.
¡No huyas de mi doctor, acércate! Mírame bien, reconóceme. ¿Hasta cuándo he de esperarte?

Acércate a mí; levántame hasta la cabina de tu helicóptero. Yo te invitaré el licor de mil savias diferentes; la vida de mil plantas que cultivé en siglos, desde el pie de las nieves hasta los bosques donde tienen sus guaridas  los osos salvajes.
Curaré tu fatiga que a veces te nubla como bala de plomo, te recrearé con la luz de las cien flores de quinua, con la imagen de su danza al soplo de los vientos; con el pequeño corazón de la calandria en que se trata el mundo, te refrescaré con el agua limpia que canta y que yo arranco de la pared de los abismos que tiemplan con su sombra a nuestras criaturas.
¿Trabajaré siglos de años y meses para que alguien que no me conoce y a quien no conozco me corte la cabeza con una máquina pequeña?

No, hermanito mío. No ayudes a afilar esa máquina contra mí, acércate, deja que te conozca; mira detenidamente mi rostro, mis venas, el viento que va de mi tierra a la tuya es el mismo; el mismo viento que respiramos; la tierra en que tus máquinas, tus libros y tus flores cuentas, baja de la mía, mejorada, amansada.
Que afilen cuchillos, que hagan tronar zurriagos; que amasen barro para desfigurar nuestros rostros; que todo eso hagan.
No tememos a la muerte, durante siglos hemos ahogado a la muerte con nuestra sangre, la hemos hecho danzar en caminos conocidos y no conocidos.
Sabemos que pretenden desfigurar nuestros rostros con barro; mostrarnos así, desfigurados, ante nuestros hijos para que ellos nos maten.
No sabemos bien qué ha de suceder. Que camine la muerte hacia nosotros; que vengan esos hombres a quienes no conocemos. Los esperaremos en guardia, somos hijos del padre de todos los ríos, del padre de todas las montañas ¿es que ya no vale nada el mundo, hermanito doctor?
No contestes que no vale. Más grande que mi fuerza en miles de años aprendida; que los músculos de mi cuello en miles de meses, en miles de años fortalecidos, es la vida, la eterna vida, el mundo que no descansa, que crea sin fatiga; que pare y forma como el tiempo, sin fin y sin principio.




José María Arguedas (Andahuaylas, 1911-Lima, 1969). Poemarios: Tupac Amaru Kamaq taytanchisman. Haylli-taki / A nuestro padre creador Túpac Amaru. Himno-canción (Lima: Ediciones Salqantay, 1962); Oda al jet (Lima: Ediciones de La Rama Florida, 1966); Qollana Vietnam Llaqtaman / Al pueblo excelso de Vietnam (Lima: Federación de Estudiantes de la Universidad Nacional Agraria, 1969); Katatay y otros poemas (Temblar). Huc jayllicunapas (Compilación y notas de Sybila Arredondo; presentación de Alberto Escobar. Lima: INC, 1972); Obras completas. Tomo V (Edición de Sybila Arredondo. Lima: Editorial Horizonte, 1983).